jueves, 4 de marzo de 2010

Ariel: amigo reencontrado.

Cada mañana se repite el ritual: después de la hora más estresante para los padres (según un reciente estudio) llega el momento de la separación, la entrega se hace ordenada. Conforme van llegando o accediendo se van agregando a su formación y los padres, mientras tanto permanecen expectantes, acotados en su recinto, por confirmar la entrega sin incidentes. Cada día parece que los niños se marchen de excursión y la inquietud reside más en los padres que en los protagonistas. Es natural, los niños de infantil, de 3 a 5 años son el más preciado tesoro que tienen. Hay que vivir esos momentos con intensidad antes de que se esfumen sin remedio.
Los mayores, en cambio, forman solos reivindicando con hechos consumados su imparable avance sosegado hacia la independencia de la edad adulta. Pronto serán los nuestros los mayores.
La intensidad grabará los recuerdos en el sector entrañable de nuestras mentes para que perduren. También esperamos que perdure en las de nuestros hijos.
Inmerso en estas reflexiones emprendí camino esta mañana hacia Valencia para ver a mi hermana convaleciente.
Horas más tarde la vida me otorgó una de esas coincidencias curiosas que refuerzan la idea de lo que trasciende de nuestra infancia. Hacía años que no lo veía y quiso el destino que el día que me quedé a comer en casa de mis padres, Ariel estuviera trabajando en una restauración en el edificio.
Es, precisamente, una amistad que nació en la primera consciencia de mi vida cuando tenía la edad que ahora tiene mi hijo, una amistad que compartimos todos los años que convivimos. Es uno de esos contadísimos amigos a los que después de no verlos durante años puedes hablarles como hizo Unamuno a sus alumnos diciéndoles "como decíamos ayer" porque hay una línea de tiempo paralela que no ha avanzado durante la ausencia.
Llenábamos el tiempo de nuestros paseos en bicicleta o corriendo con las conversaciones más trascendentes que se puedan imaginar en unos niños de EGB y, sí, 25 años después permanecen aquellas sensaciones de pura amistad aunque muchas palabras se perdieron en la nube del olvido.
De vuelta a casa tuve la sensación de estar aterrizando de vuelta en una especie de viaje en el tiempo y volví a pensar en la importancia de darles a nuestros hijos la mejor infancia posible porque un día serán los adultos de nuestra sociedad.
Y ¿qué les vamos a enseñar...?

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