El Sr Ballester era un venerable profesor de Ciencias Naturales cercano ya a la edad de jubilación cuando yo accedí a esa nueva etapa del sistema educativo conocido como educación secundaria y que, entonces iba segregando a los alumnos en FP o Bachiller y, dentro de éste, Ciencias o Letras (puras o mixtas). Nati Navarro tuvo por suerte impartir las clases de Geografía e Historia y ejercer de tutora del grupo; Ana Cucó no sólo tenía que afrontar el ambiente hostil para la enseñanza, en su caso de Valenciano, sino el exceso de testosterona que su espectacular presencia catalizaba irremediablemente; Física y Química era la materia de Maria Dolores Palau; no recuerdo bien si el primer profesor de Matemáticas fue Armiñana o Ríos; Inglés pudo ser impartida por Mercedes Villegas o Blanca; No viene a mi memoria el nombre de la profesora (creo) de Lenguaje ni el de la de Dibujo, si bien de ésta recuerdo los accesos de ira artística cuando negaba la naturaleza de color del color negro. La profesora de música, Agustina, si no me falla la memoria, era de origen canario y se distinguía por el apelativo que dedicaba a los alumnos cuando la sacaban de quicio: "chorissos".
Ante ellos un grupo hostil de treinta y cinco alumnos dispuestos a todo excepto facilitarles el trabajo. Un grupo de adolescentes, en su mayoría, completamente ajenos a la triste realidad de que lo único que iba a trascender de los siguientes años es el desprecio por una oportunidad única en la vida: aprender, es decir, aprovechar lo que nos querían enseñar los profesores.
Lo sustancial no era que nada de aquel conocimiento despertara nuestro interés sino que no teníamos que hacer ni demostrar nada para merecer que nos quisieran enseñar y aun así nos enseñaban. Y nosotros sumidos en nuestra altiva ignorancia les despreciabamos porque sólo alcanzábamos a imaginar la primera opción.
En aquel grupo heterogéneo me tocó integrarme y, dentro de los subconjuntos que formaban ese universo me situé o conformé la intersección de varios. La distribución del alumnado en el aula adoptaba de forma natural una estructura estratificada en esferas cuyo centro era la mesa del profesor según el gradiente de interés por aprender o aprobar las asignaturas. Dependiendo del interés que fuera capaz de suscitar el aguerrido profesor o profesora el grado de atención, que siempre iba cayendo al alejarse del núcleo, variaba dentro de unos márgenes aceptables o bien se salía de los límites del respeto por el fondo de la clase o incluso rozando las primeras filas el ambiente era insoportable.
Las guerras de objetos arrojadizos eran frecuentes en las filas del final, desde el canuto de boli vic con proyectiles de papel ensalibado hasta el lanzamiento a campo abierto de reglas, escuadras y cartabones. El señor Ballester desbordado por la situación se encendía rojo de cólera y pronunciaba con solemnidad que "esto es indignante". Incapaz de ubicar el foco de la revuelta, sólo atinaba en alguna ocasión a identificar a Giner cuyo único delito era situarse en el centro de un fuego cruzado y amonestarlo verbalmente. Ahora se me ocurre que Giner era el más bajo de la clase, porque si castigaba a Ibáñez con más méritos para ello... en fin, imagino que debía ser más complicado para el indefenso maestro. El caso es que cuando el profesor Ballester amenazaba con llevar a Giner al despacho del Director el cabrón de Diéguez, desde el anonimato de su tercera fila, al instante respondía desafiando ¡¡A que no!! rompiendo el silencio que había logrado el ultimátum. Por supuesto, la carcajada era generalizada, con la evidente excepción del profesor Ballester y, sobre todo, de Giner que sin comerlo ni beberlo veía de cerca una falta en su expediente que ni merecía ni sabría explicar a sus padres.
No era un caso aislado ni personal, cuando el ultimátum del profesor lo recibía Sardiña o cualquier otro la respuesta anónima era el mismo desafío.
(Esto me recuerda la actitud que muestra el PP en el conflicto de Melilla y en todos los aspectos de la política con polémica, pero eso merece otra entrada).
Pues el subconjunto al que yo creo que pertenecía lo formaban, Paris y David que habían estudiado en la "Escola Gavina", Fernando Turbi que vivía encima de la bolera, Giner, Diéguez y Sardiña.
Los repetidores formanban un grupo con identidad propia uno de cuyos rasgos era el desarrollo avanzado de técnicas de fraude en los exámenes, su ámbito geográfico era la última fila de la clase. Por alguna razón yo les caía bien, me llamaban el indio o el heavy, más por mi pelo que por mi predilección por ese estilo. En ese grupo estaban Alejandro, Ibañez, Marisa que me hizo la broma de recoger del suelo la moneda al rojo vivo, Lupe Pastor, Alcañiz (aunque éste no repetía se integró directamente) y no sé si Maria José Donat. Sin embargo, no les podría calificar como delincuentes en potencia que es lo que parecería por la descripción del entorno.
Simplemente, puede ser que un joven de 14 años puede estar lleno de conflictos de personalidad, inseguridades, inmadurez emocional y una serie de rasgos que propician la percepción en una escala muy estrambótica de lo que resulta vital para su existencia, de la cual además empiezan a tomar el camino de la búsqueda de su sentido.
Y ¿qué cambia hoy en día?
Por su puesto la fauna adolescente que poblaba ese aula era mucho más extensa pero mi insomnio agudo toca a su fin y será quizás otro día el que repase a Monreal, Nieves, Rocío, etc...
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